El fútbol, los sueños y el desencanto

(LA PELOTA NO TIENE TUMBA )

Si se cuentan las horas que jugué al fútbol entre los cinco y los trece años, a razón de cuatro horas por día sin ningún franco, salvo obligado por el sarampión o alguna gripe, deben sumar más de catorce mil quinientas horas.

Esa suma aumenta si se incluyen las noches y se cuenta el espacio del sueño invadido por el fútbol. Una jugada de gol soñada con sucesivas gambetas y taquitos hasta llegar a la volea que vence al arquero, debe durar, no sé, cuatro minutos. Hasta se podían soñar dos o tres goles por noche si uno estaba ansioso por el partido del día siguiente.

Generaciones enteras pueden dar fe de esto con los más variados detalles oníricos. Es infinito el tiempo argentino acumulado dedicado al fútbol.

Una vez "Perita", un chico pobrísimo de la calle García del Río y las vías cerca de la estación Núñez, que dormía en la cama turca con tres hermanos y cubierto por un cuero de vaca crudo con olor a curtiembre, nos contó que soñó el mejor gol del mundo. Soñó durante toda la noche y cuando se despertó a la mañana tenía el dedo gordo del pie con el que había disparado la pelota como un despojo. Esa era la prueba de realidad del sueño. Me mostró el dedo. Yo no tuve nunca un sueño tan largo: antes de convertir el gol siempre me despertaba.

Según "Perita", aquel mejor gol del mundo era el siguiente: se llevaba la pelota en el empeine de un arco a otro sin que toque el suelo; él iba en una sola pata como un flamenco o una garza y corría con la velocidad de un guepardo (leía el Billiken) mientras iba esquivando zancadillas y cada vez que se quedaba solo frente al arco contrario, con el arquero rezando y pidiendo clemencia, él se volvía al lugar en que había empezado la jugada. Así iba y venía decenas de veces con la pelota eterna sobre el empeine mientras sus compañeros y los rivales se quedaban parados contemplándolo. Sólo él sabía que estaba por entrar en la historia del fútbol. Pero -cosa rara en un sueño-, según la versión oficial de "Perita", cuando ya sudado y exhausto parecía que iba a quedarse dormido en la cama, que era la cancha, su pierna izquierda, la que mejor manejaba, le ordenaba al pie -le hablaba con una voz que él imitaba como si la recordara- que ubicara la pelota junto al ángulo. Dice que en el sueño hasta el arquero derrotado aplaudía. Y que le preguntaran a su mamá, que había oído los aplausos a pesar del tabique de terciado que separaba su cuarto.

Todos, entonces, soñábamos con el fútbol. Todos después dejamos ese sueño. No es igual verlo y discutirlo y ni siquiera jugarlo cuando ya uno ha cedido su ilusión protagónica y se queda con la ilusión a la segunda potencia. La del hincha; no importa si es cuerdo, semicuerdo o alucinado.

Ninguno de aquellos amigos de los baldíos de la Casa Amarilla en La Boca o del terreno de descarga de la estación Núñez, que igual que yo sólo llegaron a incorporarse a la vida desde otros oficios o profesiones ordinarias -más ricos o más pobres- alcanzó a realizar el primer gran sueño de un varón argentino. A los trece años ya supimos lo que no éramos: jugadores de fútbol. Y eso es una huella que deja la primera melancolía inocente. Las que vienen después, Dios nos libre.

Aquel desencanto , sin embargo, fue una prueba de fuego. Porque actuó sobre nosotros como un anticuerpo de alta resistencia, que ayuda a asumir el fracaso en el fútbol y a soportar después cualquier otra tragedia de la vida siempre menos crucial que aquélla.

La pelota no tiene tumba. Ni se olvida.

Por Orlando Barone