Los argentinos actúan bajo emoción violenta. Es un país donde rige la ley de la fuerza.
Los crédulos, los esperanzados, los que aún comen, los que tienen salud prepaga y educación, los que sueñan, los que tienen seguridad privada y tarjetas de crédito, todos ellos son sobrevivientes de la gran tragedia argentina.

Desde luego hay muchos, digamos unos 20 millones de argentinos (el 54,7 por ciento de los residentes en áreas urbanas, según la última medición del INDEC) que no comparten aquel conformismo.
Entre otros detalles, porque están debajo del nivel de pobreza desde hace rato, más aún después de la maxi devaluación que promovió Eduardo Duhalde en enero del 2002 y que ya elevó el número de indigentes a casi 9 millones de personas.
Y porque tal vez en su infancia conocieron un país próspero y razonable, donde se podía respirar sin taquicardias, y al que contribuyeron sus padres con trabajo, esa palabra maravillosa y siniestra a la vez que hoy tiene pronóstico reservado.
Tanto que, en los próximos diez años, según se estima, irrumpirá una generación entera de chicos que en este mismo momento se alimenta con sobras de la basura.
Una verdadera bomba de tiempo amasada en el rencor, la ignorancia y el resentimiento.
Ellos apenas tendrán odio para ofrecer. Y será un problema estratégico que, de no resolverse, sólo sumará más violencia e inseguridad.

Entre unos y otros hay pocas cosas en común.
Los separa, en principio, la tensión exclusión-inclusión.

Aunque los emparientan dos circunstancias novedosas:
1) La violencia diaria, el día de furia que crispa los nervios colectivamente por mil razones diferentes, y que se ha convertido en una emoción que envuelve y contagia.
2) La violencia criminal del hampa (que sabemos ahora oficialmente que puede ser policial), una violencia que de tan democrática que es no hace distingo de clase. Ataca fuerte y a cualquiera.

En el medio hay un Gobierno que no acierta el camino correcto para bajar la conflictividad creciente, pero que sabe sin duda que del cóctel que bebemos sólo puede derivar más violencia social.

El movimiento piquetero está a punto de ser demonizado, a pesar de que su lucha fue compartida al principio, después comprendida y más tarde tolerada.


Proyecto Plus 2007