En tiempos de Martínez de Hoz participé en un congreso de ACDE. Me sorprendió que los industriales brasileños estuvieran interesadísimos en encarar emprendimientos binacionales, cosa que a los argentinos parecía no importarles en absoluto. No llegamos a nada. Con muchas más razones, hoy a los chilenos les repele la idea de tener socios argentinos, invertir aquí o confiar en suministros que dependan del ciclo menstrual de Moreno. Los cagamos con el gas, con las eléctricas, insultamos a Paulmann, le dimos asilo y sustento al asesino Apablaza, estamos tratando de que LAN se borre, para no desmerecer a Recalde y sus boys...y esas cosas se recuerdan (así como el desconocimiento argentino de los Tratados en el caso Beagle, que casi termina en guerra. Después nos quejamos de que apoyen a los ingleses).

Como señala Baruch, nuestro pasado nos condena. Sólo hubo chispazos de cordura con Alfonsín y una política, en el buen sentido, con Menem. Todo lo que los chilenos pueden conseguir aquí, lo obtienen de modo confiable, de mejor calidad y más barato, en algún otro lado. Hace mucho que se liberaron del andador arancelario, y nuestra menesunda fiscal sólo les trae malos recuerdos de la época de Allende. A quienes sí reciben con los brazos abiertos es a los inversores argentinos capaces de sobrevivir sin el tubo de oxígeno y a los profesionales capacitados. Conozco unos cuantos que se fueron temerosamente y hoy no vuelven ni a empujones. Ellos, con un historial mejor que el argentino, tardaron unos 20 años en salir adelante, diez de ellos bajo una dictadura feroz. Para que nosotros hagamos lo mismo, en democracia (supongamos que esto lo es)...¿tal vez 80?