No tengo mucho que hacer. Soy viuda y mi hijo vive en Cádiz, España. Se fue en 2001 y desde entonces me mantiene con lo que me envía cada mes. Si no fuera por los euros que me manda Felipe, estaría en la calle. Ni para alquilar tendría". Felipe, el hijo de Noemí es uno de los casi tres millones de ecuatorianos que emigraron en los últimos años buscando mejores oportunidades, sobre todo a partir de la crisis económica de 1999 y la dolarización del 2000.
Noemí está sentada en un banco de la Plaza República del Uruguay, en el barrio de La Floresta, ubicado en el centro de Quito. Sombrilla en mano cubriéndola del fuerte sol de la mañana, tiene un vestido un poco raído que supo conocer mejores tiempos. Al principio parece un poco retraída ante la presencia de este enviado, pero de pronto surgen sus palabras. "Mis padres querían ponerme Naoemí, pero no los dejaron", explica a modo de introducción. Acusa 68 años, pero sus ojos entre tristes y melancólicos denuncian un poco más.
Edmundo nos observa desde su puesto de venta de cigarrillos y golosinas. Jean gastado, un buzo gris y una gorra verde son sus indumentarias. Le pregunto cómo se hace para vivir en un país sin moneda propia. Y la respuesta es inmediata. "Ahora está más caro que antes de la dolarización. Es verdad que los precios están estabilizados (la inflación anual ronda el 3,9%) pero en niveles muy altos y la plata no alcanza para casi nada, apenas para pagar los gastos mensuales y eso si en la casa hay por lo menos dos personas que trabajan. Más si hay hijos que estudian".
Noemí y Edmundo forman parte del 60% de la población ecuatoriana que no alcanza a ganar los 450 a 500 dólares mensuales que se calculan necesarios para no ser pobres y cuando un sueldo mínimo roza los 160 de los "verdes", con lo que se pueden comprar 320 litros de leche o 40 kilos de carne. Esto ocurre en un país en donde el 10% más rico recibe el 48% del ingreso y el 10% más pobre se debe conformar con el 1,6%. Un país que este domingo debe elegir presidente, en una segunda vuelta que enfrenta al empresario bananero Alvaro Noboa con Rafael Correa, un economista que fue ministro de Alfredo Palacio y un fuerte crítico de la dolarización.
Rumbo al norte un punto cardinal que parece coincidir en muchos países respecto a su composición social, a unas 30 o 40 cuadras, se encuentra el shopping Quito, en El Bosque, un barrio de clase media acomodada. Ya es pasado el mediodía y hay un constante ir y venir de clientes. Leonor, una morocha de buen ver y muy elegantemente vestida, sale con varias bolsas.
¿Un buen día de compras?
Sí, la verdad que lo fue. La mayoría es para mis hijos. Son de pedir bastante. Bueno están un poco mal acostumbrados.
¿Y los precios?
Más o menos, pero yo compro en cuotas. No sé si sabe que éste es el país de las cuotas dice.
Y parece tener razón. Los negocios están inundados de ofertas para adquirir de todo en cómodos pagos. Todo se maneja en "cuotitas", así las llaman.
Lo mismo ocurre si alguien quiere cambiar su vehículo. No parece al azar que por donde uno circula ve autos caros y bastante nuevitos circulando por las caóticas calles quiteñas. Desde Honda 4x4, Missan, Suzuki, de todo un poco.
Pero el ecuatoriano promedio está muy alejado de ese mundo. Su desafío es llegar a fin de mes. Los sueldos van desde el mínimo de US$ 157, a los 200 que gana un guardia de seguridad trabajando 6 días semanales o el obrero de una fábrica, o los 300 que percibe una secretaria bilingüe. Con ese ingreso se debe abonar un alquiler de unos US$ 150, pagar US$ 4 por un kilo de carne común o US$ 2,5 si opta por el pollo. La otra cara de un mismo país.
Aquí, como sucedió en los 90 en la Argentina, impera la ley del "voto cuota", en el que toda decisión política se encuentra sobredeterminada por su eventual impacto económico.
Según un estudio reciente, antes de la dolarización la canasta familiar no llegaba a los 60 dólares y el salario mínimo la cubría. Ahora, en cambio, esa misma canasta sobrepasa los 400 dólares y el sueldo mínimo no llega a los US$ 160. Con el sucre, la desaparecida moneda nacional, la brecha entre canasta básica y salario era mucho menor.
Claro que el beneficio no es para todos. Al mejor estilo de lo que conocimos en nuestra época menemista, aquí algunos aprovechan la bonanza mientras otros apenas si tienen la ñata contra el vidrio.
Noemí está sentada en un banco de la Plaza República del Uruguay, en el barrio de La Floresta, ubicado en el centro de Quito. Sombrilla en mano cubriéndola del fuerte sol de la mañana, tiene un vestido un poco raído que supo conocer mejores tiempos. Al principio parece un poco retraída ante la presencia de este enviado, pero de pronto surgen sus palabras. "Mis padres querían ponerme Naoemí, pero no los dejaron", explica a modo de introducción. Acusa 68 años, pero sus ojos entre tristes y melancólicos denuncian un poco más.
Edmundo nos observa desde su puesto de venta de cigarrillos y golosinas. Jean gastado, un buzo gris y una gorra verde son sus indumentarias. Le pregunto cómo se hace para vivir en un país sin moneda propia. Y la respuesta es inmediata. "Ahora está más caro que antes de la dolarización. Es verdad que los precios están estabilizados (la inflación anual ronda el 3,9%) pero en niveles muy altos y la plata no alcanza para casi nada, apenas para pagar los gastos mensuales y eso si en la casa hay por lo menos dos personas que trabajan. Más si hay hijos que estudian".
Noemí y Edmundo forman parte del 60% de la población ecuatoriana que no alcanza a ganar los 450 a 500 dólares mensuales que se calculan necesarios para no ser pobres y cuando un sueldo mínimo roza los 160 de los "verdes", con lo que se pueden comprar 320 litros de leche o 40 kilos de carne. Esto ocurre en un país en donde el 10% más rico recibe el 48% del ingreso y el 10% más pobre se debe conformar con el 1,6%. Un país que este domingo debe elegir presidente, en una segunda vuelta que enfrenta al empresario bananero Alvaro Noboa con Rafael Correa, un economista que fue ministro de Alfredo Palacio y un fuerte crítico de la dolarización.
Rumbo al norte un punto cardinal que parece coincidir en muchos países respecto a su composición social, a unas 30 o 40 cuadras, se encuentra el shopping Quito, en El Bosque, un barrio de clase media acomodada. Ya es pasado el mediodía y hay un constante ir y venir de clientes. Leonor, una morocha de buen ver y muy elegantemente vestida, sale con varias bolsas.
¿Un buen día de compras?
Sí, la verdad que lo fue. La mayoría es para mis hijos. Son de pedir bastante. Bueno están un poco mal acostumbrados.
¿Y los precios?
Más o menos, pero yo compro en cuotas. No sé si sabe que éste es el país de las cuotas dice.
Y parece tener razón. Los negocios están inundados de ofertas para adquirir de todo en cómodos pagos. Todo se maneja en "cuotitas", así las llaman.
Lo mismo ocurre si alguien quiere cambiar su vehículo. No parece al azar que por donde uno circula ve autos caros y bastante nuevitos circulando por las caóticas calles quiteñas. Desde Honda 4x4, Missan, Suzuki, de todo un poco.
Pero el ecuatoriano promedio está muy alejado de ese mundo. Su desafío es llegar a fin de mes. Los sueldos van desde el mínimo de US$ 157, a los 200 que gana un guardia de seguridad trabajando 6 días semanales o el obrero de una fábrica, o los 300 que percibe una secretaria bilingüe. Con ese ingreso se debe abonar un alquiler de unos US$ 150, pagar US$ 4 por un kilo de carne común o US$ 2,5 si opta por el pollo. La otra cara de un mismo país.
Aquí, como sucedió en los 90 en la Argentina, impera la ley del "voto cuota", en el que toda decisión política se encuentra sobredeterminada por su eventual impacto económico.
Según un estudio reciente, antes de la dolarización la canasta familiar no llegaba a los 60 dólares y el salario mínimo la cubría. Ahora, en cambio, esa misma canasta sobrepasa los 400 dólares y el sueldo mínimo no llega a los US$ 160. Con el sucre, la desaparecida moneda nacional, la brecha entre canasta básica y salario era mucho menor.
Claro que el beneficio no es para todos. Al mejor estilo de lo que conocimos en nuestra época menemista, aquí algunos aprovechan la bonanza mientras otros apenas si tienen la ñata contra el vidrio.
