Ortodoxos y heterodoxos en economía
SE suele calificar como ortodoxa a la persona que actúa conforme a una doctrina que considera verdadera. Una doctrina, a su vez, es un conjunto de ideas, sean filosóficas, religiosas o económicas, cuyo rasgo es la coherencia de sus fines y de sus medios.
Un heterodoxo es, por contraposición, aquel que no actúa respetando el contenido de una doctrina, sino que combina medios o fines que no respetan la debida coherencia. La heterodoxia puede responder al intento de satisfacer objetivos inmediatos aunque sean en última instancia excluyentes, o bien puede ser consecuencia de la ignorancia; también puede resultar del escepticismo sobre la validez de las distintas doctrinas.
En el mundo de hoy toman el carácter de doctrinas económicas el socialismo y el capitalismo. Ninguna de estas dos doctrinas puede hoy encontrarse aplicada en estado puro, lo que no implica que no estén claramente definidas.
El capitalismo se ha extendido como el único sistema compatible con la democracia. Su aplicación en los países ha aceptado variantes válidas: por ejemplo, aquellas que persiguen el propósito de mejorar la distribución del ingreso. Pero hay también deformaciones heterodoxas que afectan el bien general y que son consecuencia de presiones sectoriales o de planteos chauvinistas o, simplemente del error.
El avance en el estudio de la ciencia económica en los países avanzados ha permitido, en general, que las intervenciones gubernamentales se restrinjan al logro de objetivos consensuados socialmente, que no se alcanzan sólo por el mercado. En países culturalmente menos avanzados, las intervenciones heterodoxas suelen responder en medida mucho mayor a la ignorancia o al predominio de intereses sectoriales.
Un ejemplo es el de la política arancelaria. Está demostrado que el arancel de importación es el impuesto más anticompetitivo. Las economías más protegidas son las que menos exportan en relación con su producto. Además, también está demostrado que para competir es necesario alinear los precios relativos internos con los internacionales. Ello requiere que todos los productos tengan igual protección efectiva y esto se logra con un arancel de importación uniforme. Chile ha entendido este principio y sus gobiernos, en los últimos 25 años, han sostenido con continuidad un arancel uniforme y bajo. Se prevé reducirlo, en los próximos dos años, al 6 por ciento.
Dicho todo esto, también debemos afirmar que una política económica ortodoxa requiere instituciones públicas sólidas e independientes de grupos de interés. Requiere también una clase política bien formada y con poder suficiente para atender el bien general y resistir a los reclamos de los que hacen más ruido. Ninguna de estas condiciones se dio en la oportunidad en que se convocó al doctor Ricardo López Murphy al Ministerio de Economía y éste propuso medidas de corte ortodoxo para el corto y el largo plazo.
Su sucesor, el doctor Domingo Cavallo, ha puesto inicialmente en marcha una estrategia distinta: se dedicó rápida e intensamente a construir un poder, convocando apoyos políticos y sectoriales sobre la base de medidas heterodoxas.
Buena parte de esas medidas exigirá tratamientos discrecionales y diferentes para actividades, regiones o aun empresas. La experiencia política de Cavallo, su personalidad y su extraordinaria capacidad de trabajo han agregado el componente necesario para lograr apoyos parlamentarios y externos. Gran parte de aquellos que discrepan hoy con la heterodoxia de sus medidas las han aceptado, sin embargo, convencidos del enorme riesgo, en lo inmediato, de cualquier otra alternativa. El reconocimiento de que Cavallo es una de las últimas cartas de que dispone el actual poder político ha reforzado sus posibilidades.
La formación económica del actual ministro de Economía está más allá de toda duda. En el pasado, por ejemplo, ha sido suficientemente claro sobre la conveniencia de reglas generales y no discrecionales, así como sobre la ventaja de un arancel uniforme. Seguramente también comprende que la competitividad requerirá reducir el peso del Estado sobre el sector productor, bajando el gasto público improductivo, en lugar de aumentar impuestos. Así como debe reconocerse que la recomposición del poder es condición necesaria y que el camino elegido por el ministro seguramente es en estos momentos el único, cabe la pregunta: ¿qué rumbo económico adoptará el país cuando se haya podido superar la actual emergencia? ¿Habrá ortodoxia o habrá heterodoxia? En algún momento será necesario, seguramente, consolidar la ortodoxia.
Copyright © 2001 La Nación | Todos los derechos reservados
SE suele calificar como ortodoxa a la persona que actúa conforme a una doctrina que considera verdadera. Una doctrina, a su vez, es un conjunto de ideas, sean filosóficas, religiosas o económicas, cuyo rasgo es la coherencia de sus fines y de sus medios.
Un heterodoxo es, por contraposición, aquel que no actúa respetando el contenido de una doctrina, sino que combina medios o fines que no respetan la debida coherencia. La heterodoxia puede responder al intento de satisfacer objetivos inmediatos aunque sean en última instancia excluyentes, o bien puede ser consecuencia de la ignorancia; también puede resultar del escepticismo sobre la validez de las distintas doctrinas.
En el mundo de hoy toman el carácter de doctrinas económicas el socialismo y el capitalismo. Ninguna de estas dos doctrinas puede hoy encontrarse aplicada en estado puro, lo que no implica que no estén claramente definidas.
El capitalismo se ha extendido como el único sistema compatible con la democracia. Su aplicación en los países ha aceptado variantes válidas: por ejemplo, aquellas que persiguen el propósito de mejorar la distribución del ingreso. Pero hay también deformaciones heterodoxas que afectan el bien general y que son consecuencia de presiones sectoriales o de planteos chauvinistas o, simplemente del error.
El avance en el estudio de la ciencia económica en los países avanzados ha permitido, en general, que las intervenciones gubernamentales se restrinjan al logro de objetivos consensuados socialmente, que no se alcanzan sólo por el mercado. En países culturalmente menos avanzados, las intervenciones heterodoxas suelen responder en medida mucho mayor a la ignorancia o al predominio de intereses sectoriales.
Un ejemplo es el de la política arancelaria. Está demostrado que el arancel de importación es el impuesto más anticompetitivo. Las economías más protegidas son las que menos exportan en relación con su producto. Además, también está demostrado que para competir es necesario alinear los precios relativos internos con los internacionales. Ello requiere que todos los productos tengan igual protección efectiva y esto se logra con un arancel de importación uniforme. Chile ha entendido este principio y sus gobiernos, en los últimos 25 años, han sostenido con continuidad un arancel uniforme y bajo. Se prevé reducirlo, en los próximos dos años, al 6 por ciento.
Dicho todo esto, también debemos afirmar que una política económica ortodoxa requiere instituciones públicas sólidas e independientes de grupos de interés. Requiere también una clase política bien formada y con poder suficiente para atender el bien general y resistir a los reclamos de los que hacen más ruido. Ninguna de estas condiciones se dio en la oportunidad en que se convocó al doctor Ricardo López Murphy al Ministerio de Economía y éste propuso medidas de corte ortodoxo para el corto y el largo plazo.
Su sucesor, el doctor Domingo Cavallo, ha puesto inicialmente en marcha una estrategia distinta: se dedicó rápida e intensamente a construir un poder, convocando apoyos políticos y sectoriales sobre la base de medidas heterodoxas.
Buena parte de esas medidas exigirá tratamientos discrecionales y diferentes para actividades, regiones o aun empresas. La experiencia política de Cavallo, su personalidad y su extraordinaria capacidad de trabajo han agregado el componente necesario para lograr apoyos parlamentarios y externos. Gran parte de aquellos que discrepan hoy con la heterodoxia de sus medidas las han aceptado, sin embargo, convencidos del enorme riesgo, en lo inmediato, de cualquier otra alternativa. El reconocimiento de que Cavallo es una de las últimas cartas de que dispone el actual poder político ha reforzado sus posibilidades.
La formación económica del actual ministro de Economía está más allá de toda duda. En el pasado, por ejemplo, ha sido suficientemente claro sobre la conveniencia de reglas generales y no discrecionales, así como sobre la ventaja de un arancel uniforme. Seguramente también comprende que la competitividad requerirá reducir el peso del Estado sobre el sector productor, bajando el gasto público improductivo, en lugar de aumentar impuestos. Así como debe reconocerse que la recomposición del poder es condición necesaria y que el camino elegido por el ministro seguramente es en estos momentos el único, cabe la pregunta: ¿qué rumbo económico adoptará el país cuando se haya podido superar la actual emergencia? ¿Habrá ortodoxia o habrá heterodoxia? En algún momento será necesario, seguramente, consolidar la ortodoxia.
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