Esta afirmación arranca del maridaje que forzosamente ha de existir entre la Economía y la Moral. Si se separan como valores indiferentes en la vida económica, ésta caería en la prostitución. Después de todo, ¿qué es la prostitución y la trata de blancas y de blancos, como antes la de negros, sino prostitución?
Lealtad en el comercio; laboriosidad y sentimiento del deber en los empleados y trabajadores. Inteligencia, equidad y espíritu de empresa. Sin esto no florece la economía.
Las huelgas violentas o de brazos caídos, los sabotajes, la lucha de clases, son la negación de aquellos principios.
Además, el móvil de las acciones humanas no es siempre el egoísmo. El egoísmo no es una constante absoluta; puede modificarse o quedar vencido por sentimientos altruistas. Esto es lo que los economistas de la nueva concepción llaman "predominio del momento social".
Las antiguas religiones estaban inspiradas en el sensualismo. Babilonia y la idolatría oriental, en sus diversas formas, son un ejemplo de ello. El cristianismo es la afirmación del imperio de los sentimientos de amor al prójimo sobre el egoísmo, la substitución de las ideas antropocéntricas por las místicas, o sea de identificación con la Divinidad. Si no fuera posible esta eliminación del poder exclusivo del egoísmo, ¿habría podido propagarse el cristianismo tanto sobre los vivos como sobre los muertos? Se me podrá argüir que su triunfo aún no es completo. No lo niego, pero, gracias a su predicación, la humanidad ha hecho obras admirables, instituciones cada vez más grandes: templos, hospitales, asilos, leyes de amparo de los desvalidos, de protección a la personalidad humana, encarnaciones y símbolos del alma religiosa y cristiana, porque, en definitiva, el cristianismo es lo que San Juan, en su senectud balbuceaba como credo supremo: «Hijitos, amaos los unos a los otros, y así complaceréis al Señor».
El egoísmo y el espíritu de concurrencia, teóricamente considerados, resultan móviles normales y hasta deseables. Ahí está el ejemplo de Marshall, meritísímo economista, que explica la concurrencia como un cálculo comercial y no como una lucha que tienda a derivar hacia el desorden y la inmoralidad. Pero basta conocer el mundo de los negocios para comprender que la lealtad en la competencia es algo desconocido en él.
Hay que ir contra tal egoísmo y hacer comprender que el individuo se beneficia cuando el bien social es lo primero.
La racionalización del trabajo crea en el espíritu del trabajador la convicción de que en el aumento de rendimiento una parte le favorece al individuo; es ventaja para el trabajador (momento social en el individual).
Pero la propiedad individual no debe convertirse en instrumento de dominio y de poder. La propiedad como derecho de usar y abusar, podrá tener su explicación en la colonización de cierta clase cuando haya que ofrecer enormes ventajas al propietario, pero aun así, siempre es una enormidad.
La propiedad privada debe limitarse, regirse por normas de utilidad social.
El régimen actual da a la propiedad facultades ilimitadas.
Mientras las leyes penales califican como delito el empleo criminal de la fuerza, el ataque a las condiciones de vida de nuestros semejantes y castigan la exacción violenta, el homicidio, el engaño y el enriquecimiento ilícito, en todas partes se permite la acumulación ilimitada de riquezas, con sus procedimientos técnicos dudosos, bancarios y bursátiles que a ello contribuyen.
Las leyes penales dan al acreedor el derecho de llevarse sin consideración alguna la fortuna de un deudor moroso cuando, por circunstancias adversas (enfermedad, muerte, ruina, malas cosechas o encarecimiento), éste no puede cumplir sus obligaciones.
Todos los jueces con experiencia saben cuántas veces merced a tales leyes, han quedado aniquiladas muchas vidas, mientras se sublevaba el sentimiento del derecho en su conciencia ante el caso de hombres que pudieron reponerse de una adversidad circunstancial y, sin embargo, cayeron ante el ataque y la presión brutal del acreedor.
El reconocimiento ilimitado de los títulos personales de posesión y de acciones legales contra la comunidad, conduce a dañar el bien público mediante la utilización por los individuos de estos derechos antisociales y fundamentalmente erróneos.
En la constitución económica actual, el trabajo está desvalorizado. Porque con el trabajo honrado son muchos los casos en que no se puede ganar lo indispensable para poder vivir. Mientras que, por otra parte, los negocios sin moral acumulan sumas enormes o por el simple título de posesión. La clase media y el proletariado, los trabajadores liberales, son las principales víctimas de esta anormalidad económica.
