Te llamé con mil nombres, y ninguno bien te iba.
Algunos de ellos eran:
Dulzura; y en la boca de mi espíritu un resabio acre se cernía.
Recuerdo, fué otro.
Y no sé el color de los ojos tuyos,
ni aquello que dijiste en tantas tardes,
embravecidas de calor y furias.
También te llamé Amor, pero...¿lo fuíste?.
Te grité: ¡adios!,
sin darme cuenta que estaba ya sólo en mi grito y mi llanto.
E intenté darles tonalidades distintas lo juro-
pero eran, luego, grises;
anodinos.
Te llamé Nostalgia tantas veces,
que por último el vino me hizo mal, y solté una alegre carcajada.
Te llamé de mil maneras, y ninguna bien te iba.
Por éso te silencié una tarde,
que se había quedado sin nombres en la calle de la espera.
Aníbal J. Herrera
Algunos de ellos eran:
Dulzura; y en la boca de mi espíritu un resabio acre se cernía.
Recuerdo, fué otro.
Y no sé el color de los ojos tuyos,
ni aquello que dijiste en tantas tardes,
embravecidas de calor y furias.
También te llamé Amor, pero...¿lo fuíste?.
Te grité: ¡adios!,
sin darme cuenta que estaba ya sólo en mi grito y mi llanto.
E intenté darles tonalidades distintas lo juro-
pero eran, luego, grises;
anodinos.
Te llamé Nostalgia tantas veces,
que por último el vino me hizo mal, y solté una alegre carcajada.
Te llamé de mil maneras, y ninguna bien te iba.
Por éso te silencié una tarde,
que se había quedado sin nombres en la calle de la espera.
Aníbal J. Herrera
