Con permiso del forista Andresull, reproduzco foro posteado en laotraesquina.com.ar
El regreso de De la Rúa
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andresull - 45733 - 10/05/2003 11:46:29 - (mostrado 12 veces)
A fines del siglo pasado, el electorado decidió que había llegado la hora de confiar la presidencia de la República a un veterano radical aburrido que, se esperaba, por lo menos sabría hacer frente a la corrupción, defender la moneda e impulsar los cambios necesarios para que la Argentina fuera un país un tanto más equitativo.
Aunque no había motivos concretos para creer que Fernando de la Rúa sería el hombre indicado para una tarea que a primera vista pareció sencilla pero que en verdad era tremendamente difícil, los más prefirieron pasar por alto su personalidad escasamente "carismática", su falta de autoridad, su estilo pachorriento y el hecho bien conocido de que el mandamás radical, Raúl Alfonsín, lo odiara por "conservador" y hasta "neoliberal" y que, como si esto no fuera suficiente, quería destruir todo lo hecho por aquel "mamarracho" Carlos Menem.
Tampoco les parecieron importantes las contradicciones de la coalición de radicales y frepasistas que coyunturalmente lideraba, en la que sus correligionarios harían cuanto pudieran por limitar el papel de sus socios. Así, pues, no fue tan sorprendente que cuando la negativa del FMI de seguir enviándole dinero desató la crisis financiera que pondría fin a la convertibilidad, De la Rúa ya se encontrara totalmente aislado sin más apoyo que el prestado por Domingo Cavallo, político al que los "oficialistas" temían más que a la crisis misma. Para los hombres duros del peronismo bonaerense, derrocarlo resultó ser un paseo.
Aunque Néstor Kirchner, el hombre que tal y como se perfilan las cosas parece destinado a ser el segundo presidente que sea elegido menos por sus propios méritos que por el hecho de que al fin y al cabo no sea Menem, no comparte el apego de De la Rúa a las formalidades republicanas y, a diferencia del radical alvearista, siempre ha hecho uso de un discurso progresista, cuando no izquierdista, la situación en la que se halla no es tan distinta.
Como De la Rúa, Kirchner no cuenta con el apoyo decidido de la mayoría del partido que representa. Como el radical, el peronista tendrá que convivir con un caudillo, en su caso Eduardo Duhalde, que dice estar resuelto a defender con uñas y dientes el "modelo" corporativo que tantos beneficios ha asegurado a la clase política nacional y tantas desgracias al resto de la población. Y, como De la Rúa, Kirchner, su propia trayectoria feudal no obstante, se ve respaldado por sectores progresistas que le reclamarán resultados concretos que el país sencillamente no está en condiciones de proporcionar.
Al igual que De la Rúa, a Kirchner le tocará intentar conservar un "modelo" que tiene los días contados. El gobierno de Duhalde ha hecho del cortoplacismo un culto, de suerte que después del 25 de mayo el ocupante de la Casa Rosada se verá frente a una cantidad creciente de pagarés, realidad que a cada momento lo obligará a elegir entre la inflación por un lado y "el ajuste" por el otro. Puesto que Kirchner deberá su previsible triunfo en la segunda vuelta a la noción de que, como continuador de Duhalde, es una suerte de garante de la estabilidad y que, para más señas, estará acompañado por Roberto Lavagna, el artífice del veranito milagroso, no le será dado quejarse mucho de "la herencia" recibida para entonces emprender un "ajuste" feroz.
¿Cuánto tiempo podrá resistirse la base de sustentación sumamente precaria de Kirchner a los embates de las circunstancias? Desgraciadamente para el santacruceño, demasiados políticos tendrán buenos pretextos para alejarse de su gobierno cuando choque contra las primeras piedras que encuentre en su camino. Incluso a los duhaldistas les será difícil seguir colaborando con él cuando se sienta constreñido a informarles que no podrá continuar subsidiando sus actividades. Por su parte, los gobernadores de las provincias "menemistas" y "adolfistas" no tardarán en acusarlo de privilegiar a Santa Cruz y Buenos Aires en desmedro del Norte, del Noroeste y Cuyo, mientras que en la Capital Federal se intensificará la hostilidad hacia el peronismo duhaldista.
Nada de eso importaría si Kirchner tuviera un gran electorado propio, pero sucede que hay menos "kirchneristas" en el país de lo que había de "delarruistas" en 1999. Incluso su legitimidad podrá ser puesta en duda porque nadie ignora que Duhalde se las arregló para combinar la interna peronista con las elecciones presidenciales. Se trataba de una maniobra harto cuestionable que, entre otras cosas, supone que para muchos Kirchner será el hombre que alcanzó la presidencia con el 22% de los votos. En un país en el que "la crisis de representatividad" ya ha alcanzado dimensiones alarmantes, dicho detalle no es meramente anecdótico.
Otro peligro tiene que ver con la propensión de Kirchner a interpretar mal los resultados electorales tomándolos por evidencia de que casi todo el país ha repudiado lo que llama el "modelo neoliberal", designación que aquí no alude a una decisión de dejar absolutamente todo en manos del mercado sino a cualquier manifestación de voluntad, por débil que fuera, de procurar mantener bajo control el gasto público.
Sin embargo, si sumamos los votos de Menem y Ricardo López Murphy, más los aportados al propio Kirchner por Daniel Scioli y a la pasionaria chaqueña Elisa Carrió por su compañero de fórmula, el conservador mendocino Gustavo Gutiérrez, llegaríamos a la conclusión de que una mayoría muy significante está en favor del "modelo" capitalista. La verdad es que en este sentido el electorado argentino parece estar bien a "la derecha" de los de Francia, España e Italia, sin duda por entender que el "progresismo" de los políticos profesionales tiene mucho más que ver con su deseo de poseer las llaves de cuanta "caja" haya disponible que con cualquier afán de reducir la brecha que separa a los acomodados del resto.
Por depender tanto del apoyo táctico que reciba de otros caciques, es probable que Kirchner pronto elija limitarse a "administrar la crisis", a intentar prevenir desbordes y a apagar incendios, etcétera, con la esperanza de que de alguno que otro modo la gente se convenza de que por fin el país está "en marcha". Es lo que hizo De la Rúa por entender que si optaba por una estrategia más agresiva sólo iba a lograr potenciar a la oposición no sólo peronista sino también radical y frepasista.
Aunque Kirchner cuenta con la ventaja de que en la actualidad las expectativas son incomparablemente más modestas de lo que eran en 1999, también parece menor la capacidad del país para satisfacerlas. Por lo tanto, entre sus prioridades debería estar la de seducir nuevamente a los inversores extranjeros que, cuando es cuestión de apostar al futuro de la Argentina, suelen mostrarse bastante más confiados que los argentinos mismos, de ahí la tendencia de los que tienen algo de mandarlo al exterior o, lo que es lo mismo, de ponerlo debajo del colchón, lo antes posible.
Sin embargo, el discurso -no la práctica- de Kirchner siempre se ha caracterizado por cierta xenofobia, de manera que no le será tan fácil persuadir a los gerentes de los fondos de inversión extranjeros de que a pesar de aquel asunto del default la Argentina aspira a integrarse plenamente a la economía mundial. Para lograrlo, tendría que emular a Luiz Inácio "Lula" da Silva que después de llegar a la presidencia por el carril izquierdo no trepidó un momento en girar hacia la derecha, maniobra que ya le está brindando frutos positivos. Pero, huelga decirlo, Lula es dueño de un capital político propio enorme, tan grande que puede darse el lujo de desairar a los locuaces soñadores progres y a los gobernadores de mentalidad feudal que en el Brasil, como en la Argentina, dominan el escenario.
En cambio, el capital político de Kirchner le ha sido prestado por personajes habituados a ser oficialistas sólo mientras les convenga para después transformarse en opositores rabiosos sedientos de aprovechar al máximo el rencor muy comprensible que siente la mayoría por el estado lamentable del país.
Puede que "la gente" que, según los resultados electorales, no suele ser del todo anticapitalista, aceptara sin problemas una eventual decisión de Kirchner de hacer gala de un mínimo de sentido común, pero no lo perdonaría la minoría ruidosa conformada por políticos con clientelas que les es forzoso mantener y militantes de ideas izquierdistas que, en los intervalos entre las elecciones, consiguen brindar la impresión de constituir una mayoría aplastante de los habitantes del país.
James Neilson, Rio Negro On Line, 02/05/03
El regreso de De la Rúa
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andresull - 45733 - 10/05/2003 11:46:29 - (mostrado 12 veces)
A fines del siglo pasado, el electorado decidió que había llegado la hora de confiar la presidencia de la República a un veterano radical aburrido que, se esperaba, por lo menos sabría hacer frente a la corrupción, defender la moneda e impulsar los cambios necesarios para que la Argentina fuera un país un tanto más equitativo.
Aunque no había motivos concretos para creer que Fernando de la Rúa sería el hombre indicado para una tarea que a primera vista pareció sencilla pero que en verdad era tremendamente difícil, los más prefirieron pasar por alto su personalidad escasamente "carismática", su falta de autoridad, su estilo pachorriento y el hecho bien conocido de que el mandamás radical, Raúl Alfonsín, lo odiara por "conservador" y hasta "neoliberal" y que, como si esto no fuera suficiente, quería destruir todo lo hecho por aquel "mamarracho" Carlos Menem.
Tampoco les parecieron importantes las contradicciones de la coalición de radicales y frepasistas que coyunturalmente lideraba, en la que sus correligionarios harían cuanto pudieran por limitar el papel de sus socios. Así, pues, no fue tan sorprendente que cuando la negativa del FMI de seguir enviándole dinero desató la crisis financiera que pondría fin a la convertibilidad, De la Rúa ya se encontrara totalmente aislado sin más apoyo que el prestado por Domingo Cavallo, político al que los "oficialistas" temían más que a la crisis misma. Para los hombres duros del peronismo bonaerense, derrocarlo resultó ser un paseo.
Aunque Néstor Kirchner, el hombre que tal y como se perfilan las cosas parece destinado a ser el segundo presidente que sea elegido menos por sus propios méritos que por el hecho de que al fin y al cabo no sea Menem, no comparte el apego de De la Rúa a las formalidades republicanas y, a diferencia del radical alvearista, siempre ha hecho uso de un discurso progresista, cuando no izquierdista, la situación en la que se halla no es tan distinta.
Como De la Rúa, Kirchner no cuenta con el apoyo decidido de la mayoría del partido que representa. Como el radical, el peronista tendrá que convivir con un caudillo, en su caso Eduardo Duhalde, que dice estar resuelto a defender con uñas y dientes el "modelo" corporativo que tantos beneficios ha asegurado a la clase política nacional y tantas desgracias al resto de la población. Y, como De la Rúa, Kirchner, su propia trayectoria feudal no obstante, se ve respaldado por sectores progresistas que le reclamarán resultados concretos que el país sencillamente no está en condiciones de proporcionar.
Al igual que De la Rúa, a Kirchner le tocará intentar conservar un "modelo" que tiene los días contados. El gobierno de Duhalde ha hecho del cortoplacismo un culto, de suerte que después del 25 de mayo el ocupante de la Casa Rosada se verá frente a una cantidad creciente de pagarés, realidad que a cada momento lo obligará a elegir entre la inflación por un lado y "el ajuste" por el otro. Puesto que Kirchner deberá su previsible triunfo en la segunda vuelta a la noción de que, como continuador de Duhalde, es una suerte de garante de la estabilidad y que, para más señas, estará acompañado por Roberto Lavagna, el artífice del veranito milagroso, no le será dado quejarse mucho de "la herencia" recibida para entonces emprender un "ajuste" feroz.
¿Cuánto tiempo podrá resistirse la base de sustentación sumamente precaria de Kirchner a los embates de las circunstancias? Desgraciadamente para el santacruceño, demasiados políticos tendrán buenos pretextos para alejarse de su gobierno cuando choque contra las primeras piedras que encuentre en su camino. Incluso a los duhaldistas les será difícil seguir colaborando con él cuando se sienta constreñido a informarles que no podrá continuar subsidiando sus actividades. Por su parte, los gobernadores de las provincias "menemistas" y "adolfistas" no tardarán en acusarlo de privilegiar a Santa Cruz y Buenos Aires en desmedro del Norte, del Noroeste y Cuyo, mientras que en la Capital Federal se intensificará la hostilidad hacia el peronismo duhaldista.
Nada de eso importaría si Kirchner tuviera un gran electorado propio, pero sucede que hay menos "kirchneristas" en el país de lo que había de "delarruistas" en 1999. Incluso su legitimidad podrá ser puesta en duda porque nadie ignora que Duhalde se las arregló para combinar la interna peronista con las elecciones presidenciales. Se trataba de una maniobra harto cuestionable que, entre otras cosas, supone que para muchos Kirchner será el hombre que alcanzó la presidencia con el 22% de los votos. En un país en el que "la crisis de representatividad" ya ha alcanzado dimensiones alarmantes, dicho detalle no es meramente anecdótico.
Otro peligro tiene que ver con la propensión de Kirchner a interpretar mal los resultados electorales tomándolos por evidencia de que casi todo el país ha repudiado lo que llama el "modelo neoliberal", designación que aquí no alude a una decisión de dejar absolutamente todo en manos del mercado sino a cualquier manifestación de voluntad, por débil que fuera, de procurar mantener bajo control el gasto público.
Sin embargo, si sumamos los votos de Menem y Ricardo López Murphy, más los aportados al propio Kirchner por Daniel Scioli y a la pasionaria chaqueña Elisa Carrió por su compañero de fórmula, el conservador mendocino Gustavo Gutiérrez, llegaríamos a la conclusión de que una mayoría muy significante está en favor del "modelo" capitalista. La verdad es que en este sentido el electorado argentino parece estar bien a "la derecha" de los de Francia, España e Italia, sin duda por entender que el "progresismo" de los políticos profesionales tiene mucho más que ver con su deseo de poseer las llaves de cuanta "caja" haya disponible que con cualquier afán de reducir la brecha que separa a los acomodados del resto.
Por depender tanto del apoyo táctico que reciba de otros caciques, es probable que Kirchner pronto elija limitarse a "administrar la crisis", a intentar prevenir desbordes y a apagar incendios, etcétera, con la esperanza de que de alguno que otro modo la gente se convenza de que por fin el país está "en marcha". Es lo que hizo De la Rúa por entender que si optaba por una estrategia más agresiva sólo iba a lograr potenciar a la oposición no sólo peronista sino también radical y frepasista.
Aunque Kirchner cuenta con la ventaja de que en la actualidad las expectativas son incomparablemente más modestas de lo que eran en 1999, también parece menor la capacidad del país para satisfacerlas. Por lo tanto, entre sus prioridades debería estar la de seducir nuevamente a los inversores extranjeros que, cuando es cuestión de apostar al futuro de la Argentina, suelen mostrarse bastante más confiados que los argentinos mismos, de ahí la tendencia de los que tienen algo de mandarlo al exterior o, lo que es lo mismo, de ponerlo debajo del colchón, lo antes posible.
Sin embargo, el discurso -no la práctica- de Kirchner siempre se ha caracterizado por cierta xenofobia, de manera que no le será tan fácil persuadir a los gerentes de los fondos de inversión extranjeros de que a pesar de aquel asunto del default la Argentina aspira a integrarse plenamente a la economía mundial. Para lograrlo, tendría que emular a Luiz Inácio "Lula" da Silva que después de llegar a la presidencia por el carril izquierdo no trepidó un momento en girar hacia la derecha, maniobra que ya le está brindando frutos positivos. Pero, huelga decirlo, Lula es dueño de un capital político propio enorme, tan grande que puede darse el lujo de desairar a los locuaces soñadores progres y a los gobernadores de mentalidad feudal que en el Brasil, como en la Argentina, dominan el escenario.
En cambio, el capital político de Kirchner le ha sido prestado por personajes habituados a ser oficialistas sólo mientras les convenga para después transformarse en opositores rabiosos sedientos de aprovechar al máximo el rencor muy comprensible que siente la mayoría por el estado lamentable del país.
Puede que "la gente" que, según los resultados electorales, no suele ser del todo anticapitalista, aceptara sin problemas una eventual decisión de Kirchner de hacer gala de un mínimo de sentido común, pero no lo perdonaría la minoría ruidosa conformada por políticos con clientelas que les es forzoso mantener y militantes de ideas izquierdistas que, en los intervalos entre las elecciones, consiguen brindar la impresión de constituir una mayoría aplastante de los habitantes del país.
James Neilson, Rio Negro On Line, 02/05/03
