el debate más urgente es cómo frenar la inflaciónEl modelo productivo funciona, pero corre el riesgo de quedarse sin naftaEl impresionante crecimiento de los últimos tres años muestra que, más allá de una dosis de suerte no mayor a la de los 90, la política económica tiene mérito propio SERGIO SERRICHIO Buenos AiresEn coincidencia con los primeros 1.000 días de gobierno de Néstor Kirchner, el jueves y viernes pasados el Indec confirmó, primero, que la economía creció 9,2% en 2005 y, segundo, que las inversiones industriales lo hicieron 30%. Esto significa que en los últimos tres años el PIB creció casi 30%, la segunda marca más alta para un trienio registrada en los últimos cien años y que el margen excedente de la capacidad instalada fabril, cuyo nivel de uso fue el año pasado de 64,9%, la más baja desde 2003, es mayor ahora que al principio de esta tórrida expansión.
Además, en estos tres años se redujo la deuda externa pública, mediante la reestructuración de la deuda con los acreedores privados (por igual vía también se redujo la deuda externa privada), la cancelación anticipada de la deuda con el FMI y la reducción de los pasivos con el BID y el Banco Mundial, que completaban el podio de los tres principales acreedores del país. A ese podio se subió ahora la Venezuela de Hugo Chávez.
La visión optimista sería que el país inició un proceso de expansión firme y sostenida. La pesimista, que sólo se trata de la fase positiva de uno más de los ciclos económicos que se repitieron a lo largo del siglo XX y particularmente en el último cuarto del siglo XX. ¿Qué hechos o interpretaciones abonan la primera lectura? ¿Qué riesgos o insuficiencias podrían activar el histórico subibaja de la economía? Un trabajo del representante argentino en el directorio del BID, Eugenio Díaz Bonilla, en poder de la ministra de Economía, Felisa Miceli, atribuye una buena dosis de ese crecimiento a la calidad de la política económica. En particular, al logro y mantenimiento de superávits fiscal y comercial.
El paper muestra que en el trienio 200305 el crecimiento argentino fue sólo superado por el de China y superó con claridad al de India, Uruguay y Rusia, sus inmediatos seguidores. Además, destaca que, a diferencia de otras expansiones, ésta es la primera vez desde la década del veinte que el país tiene superávits gemelos consecutivos. El trabajo refuta también las críticas habituales sobre la suerte como explicación del reciente crecimiento (altos precios de las commodities) y el peso de los impuestos distorsivos en la recaudación y superávit fiscales.
Los precios de las materias primas que vende el país, precisa, aunque buenos, son inferiores a los de los períodos 1991-94 y 1996-98, los últimos dos lapsos de alto crecimiento. La suerte del crecimiento mundial y regional quedan opacados por el hecho de que la economía argentina creció mucho más que el promedio regional y debió soportar el lento crecimiento de Brasil, su principal socio comercial. En fin, en base a un modelo econométrico con variables económicas, políticas y de contexto mundial, el paper muestra que el residuo de crecimiento atribuible a factores endógenos (básicamente, a la política económica) es alto y significativo para el período actual y casi inexistente para el de la convertibilidad.
La discusión se plantea hoy en torno a cómo frenar la inflación. De un lado están quienes postulan aumentar las tasas y/o dejar caer el dólar y, del otro lado, la negativa oficial a hacer cualquiera de esas cosas. La coincidencia es la necesidad de mantener el superávit fiscal, nuevo artículo de fe de la política económica argentina.
Otra novedad, destaca un notable trabajo de los economistas Pablo Gerchunoff y Lucas Llach, es que por primera vez desde el período 18901930 (edad dorada del crecimiento argentino) la economía conjuga hoy crecimiento, superávit y apertura comercial. A diferencia de Perón, cuyo modelo fue industrialización con endeudamiento y economía cerrada y el de Menem, de aperturismo con endeudamiento, Kirchner sería el primer presidente peronista de apertura con superávit, modelo que podrá mantener en la medida que contenga las presiones fiscales, salariales e inflacionarias.
Si la visión oficial es correcta, el crecimiento continuará en la medida que se sostenga la política económica y el país consolide una nueva inserción internacional en una economía global ahora liderada por el crecimiento asiático. Por de pronto, las perspectivas para 2006 se presentan positivas. El consenso es que China y EE.UU. seguirán creciendo (con suave desaceleración en el caso norteamericano) y Japón y Europa gozarán de suaves repuntes. Para América Latina, la previsión es un crecimiento superior a 4%. A priori, los riesgos son una brusca corrección de los desequilibrios fiscal y externo de EE.UU. (baja abrupta del dólar, alza desmesurada de las tasas de interés) y un alza excesiva del precio del petróleo e, internamente, que el clima juegue una mala pasada con la soja (ya lo ha hecho con el maíz) y que el Gobierno no logre contener la inflación.
De última, la respuesta a interrogantes clave sobre el crecimiento estará dada por la inversión. Al respecto, un trabajo de Inés Butler y Gabriel Sánchez, de la Fundación Mediterránea, que para crecer de manera sostenida al 5% anual (ya no al 9% del último trienio) el país necesita aumentar en cuatro puntos la tasa de inversión, a 25% del PIB. Y que para lograrlo necesita, sí o sí, de la Inversión Extranjera Directa (IED), rubro en el que se ido más bien a contramano, como resalta Orlando Ferreres.
La provisión de infraestructura y, en particular, de energía, son interrogantes cuya respuesta se hace más apremiante a medida que aumenta el precio internacional del petróleo y disminuyen las reservas argentinas. Allí, hasta ahora, no ha habido ninguna respuesta oficial convincente. El riesgo es que el modelo K sea capaz de andar a alta velocidad, pero a poco andar se quede sin nafta.
www.cronista.com
Además, en estos tres años se redujo la deuda externa pública, mediante la reestructuración de la deuda con los acreedores privados (por igual vía también se redujo la deuda externa privada), la cancelación anticipada de la deuda con el FMI y la reducción de los pasivos con el BID y el Banco Mundial, que completaban el podio de los tres principales acreedores del país. A ese podio se subió ahora la Venezuela de Hugo Chávez.
La visión optimista sería que el país inició un proceso de expansión firme y sostenida. La pesimista, que sólo se trata de la fase positiva de uno más de los ciclos económicos que se repitieron a lo largo del siglo XX y particularmente en el último cuarto del siglo XX. ¿Qué hechos o interpretaciones abonan la primera lectura? ¿Qué riesgos o insuficiencias podrían activar el histórico subibaja de la economía? Un trabajo del representante argentino en el directorio del BID, Eugenio Díaz Bonilla, en poder de la ministra de Economía, Felisa Miceli, atribuye una buena dosis de ese crecimiento a la calidad de la política económica. En particular, al logro y mantenimiento de superávits fiscal y comercial.
El paper muestra que en el trienio 200305 el crecimiento argentino fue sólo superado por el de China y superó con claridad al de India, Uruguay y Rusia, sus inmediatos seguidores. Además, destaca que, a diferencia de otras expansiones, ésta es la primera vez desde la década del veinte que el país tiene superávits gemelos consecutivos. El trabajo refuta también las críticas habituales sobre la suerte como explicación del reciente crecimiento (altos precios de las commodities) y el peso de los impuestos distorsivos en la recaudación y superávit fiscales.
Los precios de las materias primas que vende el país, precisa, aunque buenos, son inferiores a los de los períodos 1991-94 y 1996-98, los últimos dos lapsos de alto crecimiento. La suerte del crecimiento mundial y regional quedan opacados por el hecho de que la economía argentina creció mucho más que el promedio regional y debió soportar el lento crecimiento de Brasil, su principal socio comercial. En fin, en base a un modelo econométrico con variables económicas, políticas y de contexto mundial, el paper muestra que el residuo de crecimiento atribuible a factores endógenos (básicamente, a la política económica) es alto y significativo para el período actual y casi inexistente para el de la convertibilidad.
La discusión se plantea hoy en torno a cómo frenar la inflación. De un lado están quienes postulan aumentar las tasas y/o dejar caer el dólar y, del otro lado, la negativa oficial a hacer cualquiera de esas cosas. La coincidencia es la necesidad de mantener el superávit fiscal, nuevo artículo de fe de la política económica argentina.
Otra novedad, destaca un notable trabajo de los economistas Pablo Gerchunoff y Lucas Llach, es que por primera vez desde el período 18901930 (edad dorada del crecimiento argentino) la economía conjuga hoy crecimiento, superávit y apertura comercial. A diferencia de Perón, cuyo modelo fue industrialización con endeudamiento y economía cerrada y el de Menem, de aperturismo con endeudamiento, Kirchner sería el primer presidente peronista de apertura con superávit, modelo que podrá mantener en la medida que contenga las presiones fiscales, salariales e inflacionarias.
Si la visión oficial es correcta, el crecimiento continuará en la medida que se sostenga la política económica y el país consolide una nueva inserción internacional en una economía global ahora liderada por el crecimiento asiático. Por de pronto, las perspectivas para 2006 se presentan positivas. El consenso es que China y EE.UU. seguirán creciendo (con suave desaceleración en el caso norteamericano) y Japón y Europa gozarán de suaves repuntes. Para América Latina, la previsión es un crecimiento superior a 4%. A priori, los riesgos son una brusca corrección de los desequilibrios fiscal y externo de EE.UU. (baja abrupta del dólar, alza desmesurada de las tasas de interés) y un alza excesiva del precio del petróleo e, internamente, que el clima juegue una mala pasada con la soja (ya lo ha hecho con el maíz) y que el Gobierno no logre contener la inflación.
De última, la respuesta a interrogantes clave sobre el crecimiento estará dada por la inversión. Al respecto, un trabajo de Inés Butler y Gabriel Sánchez, de la Fundación Mediterránea, que para crecer de manera sostenida al 5% anual (ya no al 9% del último trienio) el país necesita aumentar en cuatro puntos la tasa de inversión, a 25% del PIB. Y que para lograrlo necesita, sí o sí, de la Inversión Extranjera Directa (IED), rubro en el que se ido más bien a contramano, como resalta Orlando Ferreres.
La provisión de infraestructura y, en particular, de energía, son interrogantes cuya respuesta se hace más apremiante a medida que aumenta el precio internacional del petróleo y disminuyen las reservas argentinas. Allí, hasta ahora, no ha habido ninguna respuesta oficial convincente. El riesgo es que el modelo K sea capaz de andar a alta velocidad, pero a poco andar se quede sin nafta.
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