¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro; ¡que no le haga sombra!" Juan Bautista Alberdi,
todos los gobiernos, la prensa, las iglesias, las ONG y la opinión pública en general coinciden en que hay que distribuir la riqueza y eliminar la pobreza.
Cada vez hay más planes para ayudar a los pobres, eliminar el hambre y la desnutrición en nuestro querido país. Pero lo cierto es que en los últimos 30 años la pobreza extrema subió del 8% al 20%; y la pobreza total, luego de dos años de fuerte recuperación, aferra todavía al 47,6% de la población. En ese lapso, el PBI per cápita no creció y la riqueza se concentró: en 1974 el 10% más rico gozaba del 25% del ingreso total, hoy goza del 35%; mientras que el 10% más pobre pasó de tener el 3,1% de los ingresos a apenas el 1,6 por ciento.
En los primeros años del gobierno de Carlos Menem se consiguió una breve mejoría pasando del 25% de hogares pobres en 1988 al 14,6% a fines de 1993. Sin embargo, la pobreza volvió a crecer a partir de entonces, especialmente desde 2001; y hoy el 36,5% de los hogares es pobre. Ya es hora de mirar a otros países y replantear las ideas que tan claramente no han funcionado durante 30 años.
En ese mismo período, Chile redujo la pobreza extrema del 21% al 8%, gracias a que mantiene un crecimiento promedio de casi el 7% anual desde 1983. ¿Cómo hizo? Primero, reconcilió a su población, logró superar las distintas banderías que los enfrentaron en los sangrientos años setenta. A partir de allí, aceptaron la economía capitalista de mercado y la sensatez en la administración pública. Aumentaron el ahorro y atrajeron capitales externos para invertir entre el 25 y el 27% del PBI (donde apenas 3% es inversión pública); mantuvieron un superávit fiscal, que sólo utilizan cuando cae el precio del cobre. La política monetaria ortodoxa controló la inflación. Pero además, abrieron su economía como ningún otro país sudamericano, hicieron un tratado de libre comercio con EE.UU. y no entraron al Mercosur, por considerarnos demasiado proteccionistas. Modernizaron las leyes laborales para generar empleo e incorporar a la mujer y a los jóvenes al mercado blanco; y mejoraron la educación.
Nuestros hermanos chilenos comprendieron que para combatir la pobreza hay que crear riqueza.
Nosotros, podemos también invocar a nuestros antepasados que hace 150 años supieron sacarnos de la pobreza más extrema del continente y ubicarnos entre los primeros 7 u 8 países más ricos del mundo. No fue casualidad. El padre de nuestra Constitución, Alberdi, sostenía que ella representaba un plan económico destinado a hacernos "ricos y opulentos". Explicaba que la Constitución se basaba en la escuela de Hume, Locke, Adam Smith, Say y Bastiat. Smith ya había demostrado que el origen de la riqueza se encuentra en el trabajo libre.
El mundo siempre tuvo recursos naturales, pero sólo fue rico cuando encontró la manera de liberar al trabajo, la creatividad y a partir de allí generó inventos y avances tecnológicos, es decir: progreso. La riqueza son las ideas: el telar mecánico, el motor a vapor, la bombita eléctrica, el alambre de púa, el teléfono, el telégrafo, el motor eléctrico, la línea de montaje, la penicilina, el avión, el ferrocarril, la televisión, el tractor, la computadora personal, el láser, Internet, la soja transgénica? Tampoco por casualidad surgen en su gran mayoría en el mundo anglosajón.
Alberdi se preguntaba: "¿Quién hace la riqueza? ¿Es la riqueza obra del gobierno? ¿Se decreta la riqueza?" Y se respondía, "el gobierno tiene el poder de estorbar o ayudar a su producción, pero no es obra suya la creación de la riqueza". Explicaba luego que "la riqueza es hija del trabajo y del capital y de la tierra", y su principal estímulo es el fruto del trabajo, es decir: la propiedad. Por eso es expresamente defendida por los artículos 14 y 19 de la Constitución. A partir de allí, toda restricción a la propiedad, toda ley, costumbre o fallos, que demoren la restitución de la misma o la ejecución de hipotecas o el cobro de las deudas, implica reducir el estímulo al trabajo y, por lo tanto, son un ataque a la riqueza.
Lamentablemente, con la excusa de "distribuir la riqueza", "beneficiar a los pobres", hacer "justicia social", mejorar el "bien común", o estar en "emergencia", la ley y los gobiernos se han dedicado a atacar a la propiedad y al capital. La principal herramienta de ataque utilizada por todos han sido los impuestos: hoy, una persona que gana $ 7000 al año, paga un 55% de sus ingresos en impuestos; y la que gana $ 70.000 paga el 66 por ciento.
Para colmo, lo que devuelve el Estado son pésimos servicios de seguridad, justicia, salud y educación. Tan malos que los que pueden los vuelven a pagar al sector privado. Escasez de inversiones Lo mismo ocurre con el ahorro o el capital, que además de padecer el ataque permanente de la retórica populista, sufre leyes de alquiler, intervenciones del Estado, ahorros forzosos, confiscaciones, devaluaciones, pesificaciones, etc. Por su puesto, el resultado de atacar al principal estímulo del trabajo y del capital es la escasez de inversiones, el desempleo y la pobreza. En síntesis, si premiamos la holgazanería, el amiguismo político, la pobreza, el desempleo; y si atacamos al capital y al sagrado trabajo, entonces seguiremos siendo fabricantes de pobreza.
Me parece que ha llegado la hora de ver la otra cara de la moneda. Esto es: ayudar, o mejor, -no estorbar- para que los ricos y los pobres puedan crear su propia riqueza.
Si alguien busca su salud, pregúntale primero si está dispuesto a suprimir en el futuro las causas de su enfermedad; y en caso negativo, abstente de ayudarlo. Socrates
La única forma de eliminar la pobreza es crear riqueza.
Demasiadas páginas se han escrito acerca de la distribución de la riqueza en nuestro querido país, demasiados discursos sobre justicia social, demasiados sermones sobre caridad, demasiadas páginas sobre la conciencia social que deben tener los empresarios y los ricos, demasiado se ha dicho ya de cómo debemos ayudar a los pobres.
La medida más utilizada en el mundo para cuantificar la riqueza de un país es su PIB per cápita; medida que puede sofisticarse cuando se ajusta por el poder de compra de los ciudadanos. Esto es una buena aproximación de la cantidad de bienes y servicios que pueden consumir sus habitantes. A partir de allí, la principal medida de la variación de la riqueza de un país es el crecimiento de su PIB.Ahora bien, un país que crece al 7% anual duplica su PIB cada diez años. Es decir que, si logra mantener esa tasa de crecimiento por 30 años, multiplicaría su PIB ¡ocho veces! Estamos convencidos de que cualquier persona tendrá la oportunidad de vivir mejor en un país 8 veces más rico. Esto no es una utopía, lo han logrado países tan variados como: EE.UU. a fines del siglo XIX y principios del siglo XX; Japón después de la ocupación norteamericana, los Tigres Asiáticos desde 1960 a 1990. En los últimos tiempos, China en Asia, Irlanda en Europa y Botswana en África.
En América Latina el panorama no es tan alentador, hay una sola excepción a la malaria general: Chile, que logró mantener tasas cercanas al 7% anual durante casi dos décadas y ahora, con su gobierno socialista, son algo menores. Hubo en la historia otra notable excepción: la Argentina desde la Constitución de 1853 hasta 1930 que, junto con California, fue posiblemente el Estado de mayor crecimiento durante ese período.
La pregunta entonces es ¿Cómo lograrlo? La respuesta es simple, en todos los casos tuvieron tasas de inversión muy elevadas en términos de su PIB, incluso superando el 30%: China entre 30% y 40%, Japón 34,5%, Irlanda 29% y Chile 26,5%. En Argentina, desde 1900 a 1930, mantuvimos una tasa de inversión superior al 30%, mientras que esta tasa fue cayendo hasta niveles del 17% a fines de la década del 80, subió al 20% en los 90's, aunque se destruyó entre el 2001 y 2002.
.Dado que el nivel de depósitos privados en nuestro sistema financiero es muy pequeño (18% del PIB, la cuarta parte de los que tiene Brasil o EE.UU.) y que nuestro mercado de capitales es exiguo, la mayor parte de las inversiones sólo podrán venir del exterior.
Pero, en ese campo tampoco estamos muy bien: a principios de siglo Argentina atraía el 50% del total de inversión extranjera directa (IED) de América Latina. Luego fue cayendo gradualmente hasta alcanzar un mínimo en la década del '80, se recuperó en los 90's hasta alcanzar un 30% del total.
Acontecimientos actuales pronostican que, sólo veremos continuar la decadencia.
Cada vez hay más planes para ayudar a los pobres, eliminar el hambre y la desnutrición en nuestro querido país. Pero lo cierto es que en los últimos 30 años la pobreza extrema subió del 8% al 20%; y la pobreza total, luego de dos años de fuerte recuperación, aferra todavía al 47,6% de la población. En ese lapso, el PBI per cápita no creció y la riqueza se concentró: en 1974 el 10% más rico gozaba del 25% del ingreso total, hoy goza del 35%; mientras que el 10% más pobre pasó de tener el 3,1% de los ingresos a apenas el 1,6 por ciento.
En los primeros años del gobierno de Carlos Menem se consiguió una breve mejoría pasando del 25% de hogares pobres en 1988 al 14,6% a fines de 1993. Sin embargo, la pobreza volvió a crecer a partir de entonces, especialmente desde 2001; y hoy el 36,5% de los hogares es pobre. Ya es hora de mirar a otros países y replantear las ideas que tan claramente no han funcionado durante 30 años.
En ese mismo período, Chile redujo la pobreza extrema del 21% al 8%, gracias a que mantiene un crecimiento promedio de casi el 7% anual desde 1983. ¿Cómo hizo? Primero, reconcilió a su población, logró superar las distintas banderías que los enfrentaron en los sangrientos años setenta. A partir de allí, aceptaron la economía capitalista de mercado y la sensatez en la administración pública. Aumentaron el ahorro y atrajeron capitales externos para invertir entre el 25 y el 27% del PBI (donde apenas 3% es inversión pública); mantuvieron un superávit fiscal, que sólo utilizan cuando cae el precio del cobre. La política monetaria ortodoxa controló la inflación. Pero además, abrieron su economía como ningún otro país sudamericano, hicieron un tratado de libre comercio con EE.UU. y no entraron al Mercosur, por considerarnos demasiado proteccionistas. Modernizaron las leyes laborales para generar empleo e incorporar a la mujer y a los jóvenes al mercado blanco; y mejoraron la educación.
Nuestros hermanos chilenos comprendieron que para combatir la pobreza hay que crear riqueza.
Nosotros, podemos también invocar a nuestros antepasados que hace 150 años supieron sacarnos de la pobreza más extrema del continente y ubicarnos entre los primeros 7 u 8 países más ricos del mundo. No fue casualidad. El padre de nuestra Constitución, Alberdi, sostenía que ella representaba un plan económico destinado a hacernos "ricos y opulentos". Explicaba que la Constitución se basaba en la escuela de Hume, Locke, Adam Smith, Say y Bastiat. Smith ya había demostrado que el origen de la riqueza se encuentra en el trabajo libre.
El mundo siempre tuvo recursos naturales, pero sólo fue rico cuando encontró la manera de liberar al trabajo, la creatividad y a partir de allí generó inventos y avances tecnológicos, es decir: progreso. La riqueza son las ideas: el telar mecánico, el motor a vapor, la bombita eléctrica, el alambre de púa, el teléfono, el telégrafo, el motor eléctrico, la línea de montaje, la penicilina, el avión, el ferrocarril, la televisión, el tractor, la computadora personal, el láser, Internet, la soja transgénica? Tampoco por casualidad surgen en su gran mayoría en el mundo anglosajón.
Alberdi se preguntaba: "¿Quién hace la riqueza? ¿Es la riqueza obra del gobierno? ¿Se decreta la riqueza?" Y se respondía, "el gobierno tiene el poder de estorbar o ayudar a su producción, pero no es obra suya la creación de la riqueza". Explicaba luego que "la riqueza es hija del trabajo y del capital y de la tierra", y su principal estímulo es el fruto del trabajo, es decir: la propiedad. Por eso es expresamente defendida por los artículos 14 y 19 de la Constitución. A partir de allí, toda restricción a la propiedad, toda ley, costumbre o fallos, que demoren la restitución de la misma o la ejecución de hipotecas o el cobro de las deudas, implica reducir el estímulo al trabajo y, por lo tanto, son un ataque a la riqueza.
Lamentablemente, con la excusa de "distribuir la riqueza", "beneficiar a los pobres", hacer "justicia social", mejorar el "bien común", o estar en "emergencia", la ley y los gobiernos se han dedicado a atacar a la propiedad y al capital. La principal herramienta de ataque utilizada por todos han sido los impuestos: hoy, una persona que gana $ 7000 al año, paga un 55% de sus ingresos en impuestos; y la que gana $ 70.000 paga el 66 por ciento.
Para colmo, lo que devuelve el Estado son pésimos servicios de seguridad, justicia, salud y educación. Tan malos que los que pueden los vuelven a pagar al sector privado. Escasez de inversiones Lo mismo ocurre con el ahorro o el capital, que además de padecer el ataque permanente de la retórica populista, sufre leyes de alquiler, intervenciones del Estado, ahorros forzosos, confiscaciones, devaluaciones, pesificaciones, etc. Por su puesto, el resultado de atacar al principal estímulo del trabajo y del capital es la escasez de inversiones, el desempleo y la pobreza. En síntesis, si premiamos la holgazanería, el amiguismo político, la pobreza, el desempleo; y si atacamos al capital y al sagrado trabajo, entonces seguiremos siendo fabricantes de pobreza.
Me parece que ha llegado la hora de ver la otra cara de la moneda. Esto es: ayudar, o mejor, -no estorbar- para que los ricos y los pobres puedan crear su propia riqueza.
Si alguien busca su salud, pregúntale primero si está dispuesto a suprimir en el futuro las causas de su enfermedad; y en caso negativo, abstente de ayudarlo. Socrates
La única forma de eliminar la pobreza es crear riqueza.
Demasiadas páginas se han escrito acerca de la distribución de la riqueza en nuestro querido país, demasiados discursos sobre justicia social, demasiados sermones sobre caridad, demasiadas páginas sobre la conciencia social que deben tener los empresarios y los ricos, demasiado se ha dicho ya de cómo debemos ayudar a los pobres.
La medida más utilizada en el mundo para cuantificar la riqueza de un país es su PIB per cápita; medida que puede sofisticarse cuando se ajusta por el poder de compra de los ciudadanos. Esto es una buena aproximación de la cantidad de bienes y servicios que pueden consumir sus habitantes. A partir de allí, la principal medida de la variación de la riqueza de un país es el crecimiento de su PIB.Ahora bien, un país que crece al 7% anual duplica su PIB cada diez años. Es decir que, si logra mantener esa tasa de crecimiento por 30 años, multiplicaría su PIB ¡ocho veces! Estamos convencidos de que cualquier persona tendrá la oportunidad de vivir mejor en un país 8 veces más rico. Esto no es una utopía, lo han logrado países tan variados como: EE.UU. a fines del siglo XIX y principios del siglo XX; Japón después de la ocupación norteamericana, los Tigres Asiáticos desde 1960 a 1990. En los últimos tiempos, China en Asia, Irlanda en Europa y Botswana en África.
En América Latina el panorama no es tan alentador, hay una sola excepción a la malaria general: Chile, que logró mantener tasas cercanas al 7% anual durante casi dos décadas y ahora, con su gobierno socialista, son algo menores. Hubo en la historia otra notable excepción: la Argentina desde la Constitución de 1853 hasta 1930 que, junto con California, fue posiblemente el Estado de mayor crecimiento durante ese período.
La pregunta entonces es ¿Cómo lograrlo? La respuesta es simple, en todos los casos tuvieron tasas de inversión muy elevadas en términos de su PIB, incluso superando el 30%: China entre 30% y 40%, Japón 34,5%, Irlanda 29% y Chile 26,5%. En Argentina, desde 1900 a 1930, mantuvimos una tasa de inversión superior al 30%, mientras que esta tasa fue cayendo hasta niveles del 17% a fines de la década del 80, subió al 20% en los 90's, aunque se destruyó entre el 2001 y 2002.
.Dado que el nivel de depósitos privados en nuestro sistema financiero es muy pequeño (18% del PIB, la cuarta parte de los que tiene Brasil o EE.UU.) y que nuestro mercado de capitales es exiguo, la mayor parte de las inversiones sólo podrán venir del exterior.
Pero, en ese campo tampoco estamos muy bien: a principios de siglo Argentina atraía el 50% del total de inversión extranjera directa (IED) de América Latina. Luego fue cayendo gradualmente hasta alcanzar un mínimo en la década del '80, se recuperó en los 90's hasta alcanzar un 30% del total.
Acontecimientos actuales pronostican que, sólo veremos continuar la decadencia.
