El tango A la luz del candil cuenta la historia de un tal Alberto Arena, hombre que se entrega a la autoridad policial confesando el asesinato de su amada y un amigo. Prueba lo dicho trayendo en su maleta: las trenzas de mi china, y el corazón de él. El melodrama termina con su inmortal súplica: ... arrésteme sargento y póngame cadenas; si soy un delincuente, que me perdone Dios.
La inversa del hecho pinta con claridad la situación uruguaya. País conciente de su pobreza, históricamente abrumado por su dimensión, e incómodo por una integración a la que llegó con prístina candidez para, dos décadas después, descubrir su inutilidad. Aquel fue un yerro inexcusable, pues si los clásicos han coincidido en algo, es en que un Estado débil no puede considerarse par de otros que lo superan en potencia; y mucho menos, asumiendo compromisos que no resguardan sus intereses básicos.
Los socios menores del MERCOSUR despreciaron esa lección de la historia. Poco importó a la dirigencia paraguaya, que amparada en la guaranítica sumisión de su pueblo, vive de una corruptela a la que nada importa el desarrollo. Para los uruguayos, en cambio, constituyó un amargo desengaño. Dos ingredientes de su naturaleza lo hicieron posible. Primero, el romanticismo con que conciben las relaciones internacionales, hecho que les permite ocultar tras falsas hermandades su anhelo igualitario. Segundo, la convicción de estar condenados a un destino latinoamericano, siempre útil para disimular una inseguridad que parece innata. No digo que tal postura no tenga honrosas excepciones, sino que éstas, como tales, solo vienen a confirmarla.
Otro axioma político indica que los buenos modales son la fortaleza del más débil, que no debe favorecer ni consentir hechos consumados; pues lleva las de perder cuando la política se vuelve de puro poder. Su fortaleza no reside en la escala, sino en el respeto de la proporción. Con tales restricciones, solo una extraña concurrencia de hechos podría restituir a Uruguay su perdida libertad. A saber:
1.        Un desencadenante que disimulase la pasada ineptitud de su sistema político.
2.        Una dirigencia deseosa de subordinar su deber a la pendular vocación popular.
3.        Una decisión que debiera resultar inevitable, o al menos, tolerada por sus pares.
El conflicto de las papeleras pareciera estar integrando los citados requisitos. Permítaseme explicar...
No se porque, pero en su imaginario colectivo todo uruguayo anhela que su patria se convierta en un país industrializado. Ergo, los factores que coadyuvan al objetivo, aún tangencialmente, se legitiman per se sin importar que lesionen otros intereses. Además, las papeleras del caso (no más contaminantes que cualquiera de las que opera en territorio argentino), tienen para ellos una dimensión económica que, a nosotros, nos resulta incomprensible. Es que siendo su ingreso nacional la décima parte del nuestro, aquellas le agregarían, por si solas un 1% anual, y generando empleo en una región pobre.
Desde su óptica, la conclusión resulta obvia: nuestras acciones persiguen el aborto de su mito histórico. Por eso la integración regional pasó a percibirse, de la noche a la mañana, como un inesperado obstáculo para el desarrollo. A la sazón, su pícara dirigencia advirtió que el hecho podría expiar aquel pecado sin exponer su idiotez; y además, favoreciendo la unión popular más allá de toda bandería. No solo la puerta podría abrirse, sino que podía tener lugar sin oposición societaria y en un marco ya establecido; pues meses atrás el Imperio asentó en Paraguay las fuerzas militares que combatirán en la Triple Frontera, cosa que para la geopolítica brasileña resultó un agravio de costosísima ingesta.
Nadie sabe como ni cuando terminará esta historia. Solo podemos concluir que enfrentó a nuestros vecinos con su destino último. Una escalada no logrará sino abonar la opción que se les ha revelado. Ahora saben que los pueblos, como los hermanos, pueden tener intereses que a menudo distan de ser armoniosos.
Han perdido la inocencia y las excusas. Solo falta que el Frente Amplio, sin arriar sus tradicionales banderas, adecue sus estrategia a una opción que no puede sino favorecer su administración (en ésta coyuntura -al menos-) mucho más que la vigente. Quien conozca la estructura temporal de la deuda uruguaya, podrá interpretar claramente la pertinencia de mis dichos. Siendo el crimen uno menor y no estando los carceleros exentos de alguna culpa, puede que liberen al condenado; o que le asignen, al menos, un régimen especial.
Más allá de los Dres. Drago y Saavedra Lamas, la política exterior argentina sigue produciendo hechos llamativos y encomiables.
BARUCH
La inversa del hecho pinta con claridad la situación uruguaya. País conciente de su pobreza, históricamente abrumado por su dimensión, e incómodo por una integración a la que llegó con prístina candidez para, dos décadas después, descubrir su inutilidad. Aquel fue un yerro inexcusable, pues si los clásicos han coincidido en algo, es en que un Estado débil no puede considerarse par de otros que lo superan en potencia; y mucho menos, asumiendo compromisos que no resguardan sus intereses básicos.
Los socios menores del MERCOSUR despreciaron esa lección de la historia. Poco importó a la dirigencia paraguaya, que amparada en la guaranítica sumisión de su pueblo, vive de una corruptela a la que nada importa el desarrollo. Para los uruguayos, en cambio, constituyó un amargo desengaño. Dos ingredientes de su naturaleza lo hicieron posible. Primero, el romanticismo con que conciben las relaciones internacionales, hecho que les permite ocultar tras falsas hermandades su anhelo igualitario. Segundo, la convicción de estar condenados a un destino latinoamericano, siempre útil para disimular una inseguridad que parece innata. No digo que tal postura no tenga honrosas excepciones, sino que éstas, como tales, solo vienen a confirmarla.
Otro axioma político indica que los buenos modales son la fortaleza del más débil, que no debe favorecer ni consentir hechos consumados; pues lleva las de perder cuando la política se vuelve de puro poder. Su fortaleza no reside en la escala, sino en el respeto de la proporción. Con tales restricciones, solo una extraña concurrencia de hechos podría restituir a Uruguay su perdida libertad. A saber:
1.        Un desencadenante que disimulase la pasada ineptitud de su sistema político.
2.        Una dirigencia deseosa de subordinar su deber a la pendular vocación popular.
3.        Una decisión que debiera resultar inevitable, o al menos, tolerada por sus pares.
El conflicto de las papeleras pareciera estar integrando los citados requisitos. Permítaseme explicar...
No se porque, pero en su imaginario colectivo todo uruguayo anhela que su patria se convierta en un país industrializado. Ergo, los factores que coadyuvan al objetivo, aún tangencialmente, se legitiman per se sin importar que lesionen otros intereses. Además, las papeleras del caso (no más contaminantes que cualquiera de las que opera en territorio argentino), tienen para ellos una dimensión económica que, a nosotros, nos resulta incomprensible. Es que siendo su ingreso nacional la décima parte del nuestro, aquellas le agregarían, por si solas un 1% anual, y generando empleo en una región pobre.
Desde su óptica, la conclusión resulta obvia: nuestras acciones persiguen el aborto de su mito histórico. Por eso la integración regional pasó a percibirse, de la noche a la mañana, como un inesperado obstáculo para el desarrollo. A la sazón, su pícara dirigencia advirtió que el hecho podría expiar aquel pecado sin exponer su idiotez; y además, favoreciendo la unión popular más allá de toda bandería. No solo la puerta podría abrirse, sino que podía tener lugar sin oposición societaria y en un marco ya establecido; pues meses atrás el Imperio asentó en Paraguay las fuerzas militares que combatirán en la Triple Frontera, cosa que para la geopolítica brasileña resultó un agravio de costosísima ingesta.
Nadie sabe como ni cuando terminará esta historia. Solo podemos concluir que enfrentó a nuestros vecinos con su destino último. Una escalada no logrará sino abonar la opción que se les ha revelado. Ahora saben que los pueblos, como los hermanos, pueden tener intereses que a menudo distan de ser armoniosos.
Han perdido la inocencia y las excusas. Solo falta que el Frente Amplio, sin arriar sus tradicionales banderas, adecue sus estrategia a una opción que no puede sino favorecer su administración (en ésta coyuntura -al menos-) mucho más que la vigente. Quien conozca la estructura temporal de la deuda uruguaya, podrá interpretar claramente la pertinencia de mis dichos. Siendo el crimen uno menor y no estando los carceleros exentos de alguna culpa, puede que liberen al condenado; o que le asignen, al menos, un régimen especial.
Más allá de los Dres. Drago y Saavedra Lamas, la política exterior argentina sigue produciendo hechos llamativos y encomiables.
BARUCH
